Ser “Nazi” ya no es lo que era
Pablo es un compañero de trabajo que tiene un hijo de 18 años el cual comparte grandes cantidades de horas con sus amigos a través de juegos online.
Es decir, es un clásico adolescente que, a ojos de los mayores, se la pasa frente a la pantalla con los auriculares clavados, hablando con palabras que raramente entendemos.
Pablo se sorprendió mucho al darse cuenta de que entre los términos que su hijo repetía y él no entendía, había uno que repetia y él sí entendía: “Nazi”
- Amigo lo que hiciste recién fue re nazi.
- El arma esa está nazi.
- Esa jugada fue nazi mal.
Terminada la partida con sus amigos, Pablo sintió la necesidad de hablar con su hijo para decirle que la palabra nazi no podía usarse de una manera tan banal, que el nazismo y el holocausto eran cosas muy serias, que el nazismo fue una gran tragedia para la humanidad.
- Nada que ver Pá! Cuando algo está “nazi”es que está buenísimo, increíble, a lo grande, perfecto.
Nazi es algo espectacular.
Nos mutó un signo delante de la cara
La palabra o signo que históricamente carga con uno de los significados más oscuros y violentos del siglo XX, se liberó de sus horribles ataduras en un contexto completamente ajeno a su origen.
Este desplazamiento semántico es absolutamente normal si entendemos el funcionamiento del lenguaje y la manera en que todas las generaciones reconfiguran los signos culturales.
Para entender este proceso es necesario partir de tres teorías centrales de la lingüística moderna que aseguran que el lenguaje es un sistema vivo, dinámico, mutable y en constante tensión entre la tradición y el uso.
Ferdinand de Saussure dice que el signo lingüístico está compuesto por dos caras inseparables: el significante (la forma material: el sonido o la palabra escrita) y el significado (el concepto al que remite). La relación entre ambos es arbitraria, salvo en las onomatopeyas, donde el signo sí remite al significado por sonoridad, por ejemplo “tintinear”, “zumbar" o “chirrido", el resto se sostiene únicamente por la convención social. Para nuestro caso en particular, no existe ningún vínculo natural entre la palabra o signo “nazi” y el concepto histórico que designa. Esa relación es cultural, aprendida y transmitida y, en consecuencia, volátil.
Cuando una comunidad o grupo de personas comienza a utilizar un término de manera diferente al significado establecido, lo que se pone en juego es justamente esa convención, ese vínculo tradicional entre significado y significante, que puede terminar desgastado o completamente roto.
Para nuestro grupo de adolescentes gamers “nazi” ya no remite al régimen totalitario, al genocidio ni a la violencia, sino que se corrió hacia un campo semántico totalmente opuesto: lo extraordinario, lo perfecto, lo admirable.
Desde una perspectiva semiótica, este proceso puede catalogarse como una subversión del sentido. Y por más que queramos agarrar de las solapas a los adolescentes que moldearon este fenómeno para explicarles, con la mayor serenidad de la que seamos capaces, que están banalizando el horror, ellos están desligados de la referencia histórica y para ellos el término “nazi” no no está anclado en sus significantes primigienios de guerra y genocidio.
A ellos el signo les quedó disponible para ser resignificado en un ecosistema cultural propio, alejado de los mayores y dominado por la exageración y la búsqueda constante de impacto.
Pero el signo no mutó de la noche a la mañana.
Umberto Eco dice que los signos existen dentro de una red infinita de interpretaciones, y a ese fenómeno lo llamó la semiosis ilimitada.
Lo que explica Eco es que cada nuevo uso de un signo genera un desplazamiento, una relectura, una reinterpretación. En los entornos digitales, esta semiosis se acelera: los significados se expanden, se exageran, se invierten y se vacían a una velocidad inédita. El resultado es una circulación de signos cada vez más desligada de sus orígenes históricos.
Es posible que el inicio de la mutación haya sido el uso de la palabra “nazi” como intensificador, sinónimo de control o metáfora de rigidez, como “Grammar nazi”, “Fitness nazi” o “Fashion nazi” tan utilizados en foros y redes sociales. De ahí que hacer algo en “modo nazi” es hacerlo perfecto, controlado y sin errores. Un pasito más y “nazi” es sinónimo de “espectacular”.
Si proyectamos este fenómeno hacia el futuro, podemos imaginar escenarios aún más radicales. Dentro de cien años, el término “nazi” podría haber perdido casi por completo su vínculo con el régimen nacional socialista, funcionando como un mero intensificador lingüístico, vacío de connotaciones políticas o morales. En ese escenario, el significante sobreviviría, pero el significado histórico habría quedado relegado a los libros, a generaciones pasadas y totalmente desconectado del uso cotidiano.
Este proceso, sin embargo, no es inocuo. La mutación semántica no ocurre de manera homogénea ni universal, nunca. Los desplazamientos son locales, generacionales y culturales. Una palabra puede adquirir un significado específico dentro de una comunidad específica, un país o una franja etaria, pero conservar su carga original en otros contextos. Este desfasaje genera un campo de riesgo en varios niveles, comunicacional como cosa leve.
Mi compañero Pablo estaba realmente preocupado de que su hijo utilizara el término delante de la persona equivocada y le explicó, como pudo, que fuera del círculo de amigos gamers el término “nazi” puede generar desde rechazo o conflictos violentos hasta tener consecuencias legales.
La subversión local del significado no elimina el peso histórico global del signo.
Políticas de moderación: decir lo mismo sin decirlo
A este proceso de resignificaciones naturales se suma un factor decisivo de la era digital: el poder normativo y las políticas de moderación de las redes sociales.
Plataformas como YouTube, Instagram o Tik Tok, penalizan o invisibilizan contenidos que incluyen palabras como muerte, suicidio, pedofilia, abuso, drogas, etc.
Frente a estas limitaciones, las comunidades desarrollan sistemas alternativos de codificación: metáforas, eufemismos, desplazamientos semánticos y palabras sustitutas que cargan con el mismo significante que tienen las palabras “prohibidas".
Así emergen términos como desvivir, petit suisse, fiu fiu, unalive, números o emojis que se cargan al hombro estos nuevos significados. En este contexto, las palabras se convierten en contenedores semánticos móviles, capaces de absorber sentidos ajenos para sobrevivir en un entorno de censura algorítmica. No se trata solo de creatividad lingüística: es una adaptación estratégica al ecosistema digital para poder decir lo mismo sin decirlo.
El problema es que esta adaptación es forzada, no se da con la circulación natural de los significantes como proponía Eco, es el sistema el que empuja el cambio, y la censura de los medios digitales se convierte, de esta manera, en un actor semiótico de primer orden.
Podemos ser meros observadores del proceso de transformación de los signos y los significantes o podemos tener una mirada crítica y estar advertidos para lo que viene.
La pregunta es inevitable: ¿qué estamos dispuestos a olvidar para seguir siendo parte de la conversación?
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