Cuento para día de lluvia: Salliqueló

A la espera de la Ruleta Rusa de jueves que es lo que realmente importa y como sigue la lluvia otoñal posteo un cuento versión libre de hechos que podrían haberle ocurrido a un amigo de este Blog...
Pasen y lean.





Salliqueló


Desperté, y con el despertar nació la pregunta: ¿Dónde estoy?

Luz por doquier. Vi que el cielo era blanco, blanquísimo. ¿Habré muerto?, fue la segunda pregunta. Pero enseguida descubrí las terrenales aristas de un cielo raso. ¿Un hospital? Con desesperación torpe, sonámbula, comprobé que mis pies eran sanas elevaciones bajo la sábana, los moví y respondieron. Mis manos también me hicieron caso; tocaron la tela satinada, había algo de humedad, transpiración. Y una discreta erección matutina. Seguro de la integridad de todas mis extremidades, descarté el hospital.

A mi izquierda vi la mesita de luz. Una lámpara barroca de fierro y una media que tapaba un reloj. Sin rastros de aparatos de hospital ni olor a desinfectante, podía ser un hotel. Pero... ¿por qué? ¿Por qué una cama de dos plazas?

Cuando miré a mi derecha encontré a la rubia. Lindo cuello, linda espalda, caderas de prima donna. “Respira”, pensé. Pensé: “Ojalá no me cobre”. Siguiendo esa línea de razonamiento me salí de la cama para poder alcanzar mi ropa. La resaca me alcanzó apenas puse los pies sobre la alfombra, y debí soportar el embate del mareo.

En la habitación todo era brillo de sol de la mañana, de las diez o de las once. La mitad de la pared la ocupaba un ventanal. La claridad me hería los ojos. A la rubia le daba de frente, pero un caos de peinado casi le tapaba la cara. Lindos labios.

Algo en su mesita de luz, algo de color rosa, me llamó la atención. Parecía un reloj pulsera exiliado del cotillón de un cumpleaños de quince. En el cuadrante vi un retratito de un señor calvo, de unos cincuenta y largos. Las agujas nacían de su nariz, y las once y cuarto le dibujaban una ve en la cara. Una certeza como un eco de un recuerdo me advirtió: el Papá. Y esa súbita revelación me puso la piel de gallina. Pensativo llegué a la ventana. No podía entender por qué la rubia tenía en su mesita de luz ese fetiche, esa amenaza que empezaba a cernirse sobre mí.

El paisaje no me resultó esclarecedor ni me tranquilizó. Una plaza prolija ocupaba el horizonte, el campanario de una iglesia surgía entre los árboles como un faro. Toda esa pulcritud inhabitada sólo me sugería imágenes de pueblos de la provincia de Buenos Aires. Daireaux, Pehuajó, Tres Arroyos. Uno igual al otro y éste igual a esos. Otra revelación pasó como un fotograma: un portal de cemento y en letras de hierro la leyenda “Capital Nacional del Novillo Tipo”.

Decidí que era mejor anclarme a algún hecho cierto para no volverme loco. Hice un recuento de mi vida nómada y mis últimos años de sedentarismo capitalista en Buenos Aires. Con esfuerzo llegué a mi última memoria; como si hubiese hallado la piedra filosofal, recordé el triunfo de River en el partido adelantado del viernes: era domingo.

¿De qué manera había llegado al pueblo? “Seguramente en colectivo de larga distancia”, razoné. Como un enfermo recité nombres de compañías de transporte, inventé algunos y llegué a uno que me resultaba familiar: Busmar. Recordé en pantallazos el taxi, el bolso, y el mundo de gente en la Terminal Retiro.

La rubia parecía un buen motivo para emprender un viaje así; mirándola bien calculé que no tenía más de diecisiete o dieciocho añitos. Como por instinto, verifiqué que la ventana fuese corrediza. El asunto empezaba a parecerme complicado.

La brisa fresca me relajó un poco. Traté de pensar en cualquier cosa para recordar lo importante, como cuando fijamos la vista en un punto del cielo para ver las estrellas fugaces por el rabillo del ojo. Así fui cayendo en la cuenta de que el viejo era la pieza clave.

Lo reconocí de golpe.

Sonreía desde el reloj, pero a mí me había escupido doscientos insultos por segundo a medio centímetro de la nariz. Reviví el momento, la impotencia, y recordé que junto a él había alguien más, una silueta que ahora se me perdía entre sombras.

Me concentré en esa silueta. Era necesariamente el nexo entre la rubia y “papá”. Una silueta de tía vieja. La hermana del tipo. “La tía”. Recordé su sonrisa cómplice cuando me dijo que la gente es mala y comenta, que pueblo chico infierno grande; y que, para ahorrarme disgustos, podía quedarme en su motel, a unas veinte cuadras del Centro Cívico del pueblo.

Esa fue la señal que esperaba mi memoria para darme los datos que me faltaban. Con la bajamar de la resaca adiviné en sueños el nombre de la rubia -¿Marisa?-. Y eso me llevó al romance de un par de días que habíamos vivido en Buenos Aires -“No quiero defraudar a papá, si se entera...”- , antes de que ella se volviera a su querido pueblo.

Una semana después, yo había tomado el colectivo que me dejó a las cinco de la mañana en medio de un pueblo desconocido, con un mapita arrugado en el bolsillo y la dirección del motel. A eso de las once, Marisa había venido a darme la bienvenida y nos encerramos en la piecita pasando por alto el desayuno, el almuerzo y la merienda. Supongo que así le dimos tiempo a la tía para dar la alarma. Podía imaginarla al teléfono, con voz de arpía: “Escuchame, acá esta la nena chapando con ese señor que conoció en la Capital.”

Claro que yo no podía sospecharlo, había aceptado con gusto las copitas -jerez, eso era- que nos ofreció apenas salimos del cuarto. Entonces no le había dado importancia al gusto amargo que me secó la lengua. Pero ese, mi último recuerdo consciente, sugería somníferos o drogas, algún brebaje para cazar al picaflor.

La flauta destemplada de un afilador me devuelve al presente. La plaza sigue desierta, pero escucho pasar algunos autos, y voces de gente en la vereda. Aunque me esfuerzo, no puedo recordar cómo he pasado del motel al hotel y al reloj pulsera y la foto de papá. Descubro con horror que Marisa ya no está en la cama. La oigo trajinar en el baño, y después la veo acercarse, con el pelo todavía revuelto, paso a paso, como en cámara lenta. Me lanza una sonrisa cándida y se acerca al teléfono.

—Buenos días, mi amor —me dice con tono sensual—. ¿Querés que pidamos un buen desayuno?

Suenan la campanas de la iglesia. Doce campanadas. Encaja en un movimiento todo este rompecabezas de inconciencia que ha empezado con aquel maldito jerez.

—Sí, quiero —me escucho decirle, ahora sí por propia voluntad.





Luis Cattenazzi
Invierno 2004

"Salliqueló" obtuvo el Tercer Premio en el 3er Certamen Literario Serrano - Editorial Nueva Sierra y se encuentra publicado en Revista Axolotl.

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Comentarios

  • XD    

    jjajaj muy bueno!!!. El segundo premio se lo llevo el cuento de la rubia también por tomar jerez y el primero el padre por ponerle drogas al jerez para sacarse a la nena de encima XD

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  • Sir Ramza    

    emm no se, de onda, me parecio bien choto

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  • SeniorD    


    XD dijo:

    jjajaj muy bueno!!!. El segundo premio se lo llevo el cuento de la rubia también por tomar jerez y el primero el padre por ponerle drogas al jerez para sacarse a la nena de encima XD


    KJajajajaja el cuento sin ese comentario no está completo, me gustó.

    chuck norris approved
    <img src="http://blogs.miaminewtimes.com/crossfade/chuck_norris_approved.jpg">

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  • MAT16    

    JAjajjjj AYYYY Luiggi buen relato!! :D
    Pobre chabón, no?

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  • Fabio    


    MAT16 dijo:

    JAjajjjj AYYYY Luiggi buen relato!! :D
    Pobre chabón, no?


    jajaja te pega este cuento, no? :D pero es un cuento, nada más :D jajaja

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  • Veronica    

    Ahahaha Yo soy de Salliqueló.

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  • Albin    

    me seguís sorprendiendo

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