Adiós Fontanarrosa



Vamos a despedirnos como corresponde, con humor.


"Endijpué de tantos años, si tengo que elegir otra vez, la elijo a la Eulogia con los ojos cerrados. Porque si los abro elijo a otra".

- Dígame don Inodoro ¿usté está con la Eulogia por alguna promesa? -
- Mendieta, uno se deslumbra con la mujer linda, se asombra con la inteligente... y se queda con la que le da pelota.

- Vago no soy, quizá algo tímido para el esjuerzo.

- Estoy comprometido con mi tierra, casado con sus problemas y divorciado de sus riquezas.

- ¿Y usted cómo se gana la vida?
- ¿Ganar? ¡De casualidá estoy sacando un empate!

- ¿No andará mal de la vista, don Inodoro?
- Puede ser. Hace como tres meses que no veo un peso.

- ¿Por qué esta agresión gratuita?
- ¡Si quiere se la cobro!

- El pingüino es monógamo.
- ¿Y por qué cree que le dicen Pájaro Bobo?

- Con la verdá no ofendo ni temo. Con la mentira zafo y sobrevivo, Mendieta.

- La historia lo juzgará. Pero tiene el mejor de los abogados: el olvido.

- Eso de "hasta que la muerte los separe" es una incitación al asesinato.

- Acepto que la Eulogia es fulera, pero es de las que demuestran la beyeza por el absurdo.

- Usté no está gorda, Eulogia. Es un bastión contra la anorexia apátrida.

- ¿Puede una persona disaparecer de a pedazos? Porque a la Eulogia le desapareció la cintura.

- Pereyra, míreme a la cara.
-¿Por qué este castigo, Eulogia? ¿Por qué tanta crueldá?

- La Eulogia es, de lejos, la mejor prienda que conocí en mi vida.
Bien lejos... 20, 30 kilómetros.
De cerca es así, jodida...

- La Eulogia es una santa. No como mi cuñada que sufre el Síndrome de la Abeja Reina. Se cree una reina y es un bicho.

- A veces la picardía crioya es sólo desesperación, Mendieta.

- Ahura hay fertilización asistida. Vea el caso de la señora del viejo Aredes. Quedó embarazada. En el pueblo se comenta que al viejo lo ayudaron.

- ¡Mire esta vaca, Serafín!
Musa inspiradora de miles de composiciones escolares...
Y ahora es acusada de traficante de colesterol por el naturismo apátrida! Nos da su leche, su carne, su cuero.
¡Lo quiero ver a usté haciéndose una campera de zapayitos!

- La muerte nivela a güenos y malos, don Inodoro. Lo malo es que nivela pa' bajo.

- No tenemos que copiar las cosas malas de ajuera, Lloriqueo.
¡Nosotros tenemos que crear nuestras propias cosas malas!

- Estuvo divertido el pesebre viviente este año, Mendieta.
- Bien la vaca. Algo sobreactuado el burro.

- Soy crítico meteorológico, señor. La tormenta de anoche. "Floja iluminación de los relámpagos, yuvia repetida, escenografía pobre y pésimo sonido de los truenos en otro fiasco de esta puesta en escena de Tata Dios.Una típica propuesta de verano, liviana, pasatista, para un público poco exigente".

- ¡No me diga que va a barrer, Pereyra! ¡La última tarea doméstica que hizo jué doblar una serviyeta!

Yo no quiero ser irrespetuoso, Eulogia, pero lo que ha hecho Tata Dios con usté es abuso de autoridá.

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Comentarios

  • La tinta, cuando sangra, nos revela las almas.
    Hay austeridades repletas de sentido.
    No se fue.
    No se va.

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  • La verdad es que esta noticia me causó una pena muy grande, realmente lo que he leído de él me ha hecho pasar muy buenos momentos. Recordarlo creo que es el mejor homenaje.

    "De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro"

    Roberto Fontanarrosa

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  • Hay gente que si se la va a extrañar cuando se va.

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  • Noa    

    No te olvides que el ser humano es plaga, no te olvides..decia boogie el aceitoso en la revista humor.

    Un capo el negro.

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  • martin n    

    que notica... La verdad que me dejo re sorprendido, Fontanarrosa es un grande y la verdad que es una tremenda perdida esta.

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  • Chory.aR    

    CLAP CLAP CLAP y lo hago de pie señores ....

    no hay anda que añadir ...

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  • Ioni    

    una verdadera pena. Sera recordado como uno de los grandes!

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  • Milad    

    linda recopilacion, aguante fontanarrisa

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  • kha0s    

    GENIO. Quien podría no sonreír al pensar en él y en las grandes verdades disfrazadas de humor que destilaban sus personajes?. Gracias negro.

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  • Me dejo mudo esta noticia

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  • myNick    

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  • Roberto    

    Como Rosarino que soy siento que nos quedamos sin un pedazo de la ciudad y sin duda que estaremos un poquito mas tristes a partir de hoy... Los guachos que estan más arriba, esos si que la van a pasar bien, con los 2 "Negros" que le mandamos...Fontanarrosa y Olmedo

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  • GFer    

    Si de verdad hubiese existido el viejo Casale, hoy lo estaría recibiendo con un abrazo.

    Gracias por todo lo que nos diste, Negro. Te vamos a extrañar...

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  • mini-mumi    

    Negrito querido. Te quise horrores, y te releeré por siempre. Es increíble que alguien que no conocí en persona me haya hecho divertir tanto. Y que ahora me tenga tan dolorido.

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  • las ultimas veces que lo vi en la tele me dio mucha lastima que se fuera deteriorando asi su cuerpo.
    me imagino que para un tipo tan creativo, debe haber sido mas dificil la perdida de las capacidades que el enfrentarse con la inevitable muerte.
    esperemos que alguien haya heredado milagrosamente su talento, y no se pierda en el cosmos...

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  • Leo    

    La reputa madre que lo pario. Tantos conchudos dando vuelta, y que no estiran la pata.
    Un dia tristisimo.

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  • bla!    

    Mucho más para decir no hay, coincido con Roberto #12 aca en Rosario lloramos todos.
    Nos vemos Negro...

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  • Lucio    

    Tristeza total...te vamos a extrañar Negro...que lo parió!!!

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  • Maxi    

    Que decir que no hayan dichos otros en los comments, se nos fue un Grande.
    Creo que el llanto excede a Rosario, yo ayer cuando leí la noticia tuve que hacer fuerza para no quebrarme.
    Chau Negro! gracias por sacarnos tantas sonrisas, risas y carcajadas.

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  • Un groso, de los que te hacen reir y pensar. Me partió el alma la tapa de página/12...

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  • waly    

    Todo el país de luto, una tristeza muy grande, tanto hijo de puta suelto y justo al Negro se tienen q llevar.
    Hasta pronto Roberto querido

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  • Una vez tuve que llamar la atencion a mi hijo de 6 años porque vendia cosas en el colegio, y le explique que estaba prohibido, que si se podia hacer trueque, a lo que el me contesto.-
    Yo no vendo cosas , las cambio por plata.

    El humor es la expresion artistica por excelencia.

    EL NEGRO NO MURIO HIZO MUTIS POR EL FORO.

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  • Pablo    

    <em>- Dígame don Inodoro ¿usté está con la Eulogia por alguna promesa? -
    - Mendieta, uno se deslumbra con la mujer linda, se asombra con la inteligente... y se queda con la que le da pelota. /</em>

    Los cuadritos de esta historieta que citaste me marcaron a fuego, en mi adolescencia, ante los necesarios y repetidos desengaños amorosos. Estuvo pegada (y está aun) en la que fue mi casa. Es lo más personal que tengo para decir de este Gigante, este Genio, que con su partida me hizo llorar como hace tiempo no lloraba. Quedan sus libros para disfrutar, para siempre. Gracias.

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  • Tuchy    

    Genial compilar su humor!!!
    Hoy me junto con amigos a cenar, y ya imprimi copia para recordarlo y sentarlo en la mesa con nosotros al Negro.
    Gracias.

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  • Veronica    

    Quiero dejar plasmada mi tristeza porque se nos fue una personita a la cual es imposible no querer, donde estes Roberto te deseo lo mejor, salud...!!!

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  • Nicolas    

    Es asi, hay gente necesaria, y por lo general son los que palman, y hay tanto hijo de puta longevo. TE VAMOS A EXTRAÑAR NEGRO!!!

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  • Pablo    

    si tienen ganas leanlo no tiene desperdicio, para recordarlo un poco (Reemplazen los asteriscos con p*u*t*o) Wink

    Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
    Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “**** el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
    Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
    No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
    El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “**** el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
    “Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
    Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta –podría ser el postrer anhelo–. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
    Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
    Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros –le advierten–, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
    No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
    De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
    “**** el que lee esto.”
    John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
    Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
    Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “**** el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
    No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es **** el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

    Roberto Fontanarrosa

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  • ruly    

    Negro, siempre te lei, cuando pude, cuando te encontraba. Me hiciste sonreir de lolindo con ese humor sano, rapido . Seguro que vas arriba donde esta mi viejo, que seguro se entenderan, decile tambien que lo quiero mucho, Saludos amigo

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  • Tere    

    Sus cuentos siempre me acompañan antes de dormir....en estos dias de vacaciones conseguí varios que son figurita difícil en bs.as. El mejor, el que cada vez que recuerdo me mato de risa es "Playa Desierta" del libro "Y te digo más...."..Un tipo se va 10 días de vacaciones con la mina de sus sueños y al segundo día no se la banca más.. Cómo van cambiando los sentimientos desde la adoración hasta el deseo irrefrenable de asesinarla...quién no ha sentido alguna vez lo mismo?? Fontanarrosa es y será siempre genial al reírse de su generación y hasta de sí mismo..

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  • querido negro somos dos canallas a muerte te vamos a extrañar por que vos eras nuestra bandera hoy te lloramos como se lo llora a un padre mas te dire negrito vivimos en buenos aires y siempre estaras en nuestro corazon

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  • maite06    

    NEGRO, CANAYA, ROSARINO, ARGENTINO Y BUEN TIPO.
    QUE LO PARIO!
    GRACIAS MAESTRO POR TANTA CULTURA Y TANTO HUMOR!
    BUEN VIAJE...

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  • Tere dijo:

    Sus cuentos siempre me acompañan antes de dormir....en estos dias de vacaciones conseguí varios que son figurita difícil en bs.as. El mejor, el que cada vez que recuerdo me mato de risa es Playa Desierta del libro Y te digo más......

    un libro genial. tambien lo lei. no tiene desperdicio. me encanta su humor con la cosa cotidiana...:D

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  • Hacia mucho que no me sentia tan mal, no te conoci en persona, mira si seras grande que te quieren hasta los de Newells.
    un año de silencio...........................

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  • silvia    

    <em></em> todavía sigo con el nudo en la garganta, Negro. No puedo reir ni sonreir. Qué estará pensando el Nano?

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  • fernando    

    Esta sensación de orfandad, esta tristeza, chau negro gracias por todo

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  • Claudio    

    Afortunadamente para mí, les llevo ventaja, soy chileno y he leído muy poquito del negro y, como decía él, que se sentía muy bien pagado, me he cagado de risa con lo poquito que he leído. Soy suertudo. Me queda tanto por leer, por descubrir en las viñetas de Boogie o de Inodoro o en las conversaciones de Mendieta. Lo siento por uds, que ya han leído todo o casi todo. Yo recién empiezo a conocerlo. Soy afortunado...

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  • DAX    

    Ha pasado ya un año exacto y parece que fué, ni digo ayer, sino, hoy mismo que se fué. Pensé que lo iba a extrañar a horrores y si bien, extraño su presencia física todavía me sigue haciendo cagar de risa, una y otra vez, hasta las lágrimas, hasta toser y no poder respirar. Pasó un año y sin embargo sigue logrando que miles, millones, sigamos riéndonos con sus dichos, cuentos, comentarios. En definitiva, el Negro no se fue nunca.

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  • Leo    

    A tres años de su muerte, lo recordamos como si fuera ayer, y pienso van a pasar muchos mas y va a seguir vigente.
    Fabio, te sigo siempre y sin saber que habías posteado sobre el negro, hoy puse también un post en mi humilde blog, (neurona cordubensis) recordando a este grande.
    Un dato mas, soy Cordobés y vivo hace dos años en Rosario, descubrí que esta ciudad tan especial, fue "hacedora" de tantos personajes importantes y únicos, algunos que se fueron (pero ESTAN) como estos dos negros grosos del Humor, "Fontanarrosa y Olmedo" y otros tantos, que aún están, como Fito, Baglietto, etc.

    Saludos Guiño

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