La verdadera paz

Uno de las aspectos que mas me llamo la atención en mis correrías por la provincia de Corrientes fueron los cementerios familiares. En rigor de verdad no lo son en el exacto sentido de la palabra, pero tampoco son públicos ni menos privados ¿Entonces que son? Son lugares donde la vida se vive de una forma muy especial en comunión con el medio y una reaformación del apego a sus tradiciones y a su terruño natal..
Nota original Aquí



Consisten en pequeños lotes casi uno por campo, en el que ordenadamente se han dispuesto las tumbas, algunas muy humildes y antiguas, otras mas recientes. Las mas humildes y antiguas son pequeñas cruces de hierro forjado, como la de la fotografía, con una breve placa de metal en la que de manera minimalista (1) consigna el nombre, fecha de óbito (2) y cantidad de años transitados en este valle de lágrimas. Las sepulturas mas elaboradas remedan una especie de panteón unipersonal. De ladrillos y mampostería las hay de variados estilos que denotan la edad de su construcción, porque al igual que otras vanidades humanas, aquí también la moda deja su huella. Algo útil para datar las construcciones y probable fecha de deceso de sus ocupantes. Como mencione es posible identificar la fecha por la ornamentación, muchas veces naif (3)y fantasiosa de sus arquitectos, humildes albañiles que exponen su barroquismo mortuorio en virtud de la demanda y también de la oferta destinada a alcanzar mayor clientela que es atraída por el renombre de estos artífices.

Como mencione en lineas superiores, vi multitud de estas tumbas, algunas muy viejas. Tanto que al decir de Borges:
“Ya se han borrado las caras,
Ya se borraran los nombres”
(4) Solo el monumento, de ladrillo a la vista y sin revoques en los que superan el siglo marcan el paso del tiempo. Esa indentación en el ciclo de la vida es lo que por paradoja marca la existencia del tiempo y es lo que me dio material para pensar en mi experiencia en el monte, cuando fuimos a buscar leña con Vicente.

Habíamos atravesamos zonas agrestes y despobladas, en medio de ella hay un pequeño cementerio con media docena de sepulturas. Lejos estaba de sentir la opresión ante la presencia de la muerte (en realidad siempre lo esta, pero lo olvidamos en otros ámbitos), sentí paz. En medio del follaje finisecular el canto monótono de las palomas torcazas, los trinos agudos y cortos de otras aves desconocidas se alternan con el silencio cargado de pequeños ruidos de chicharras esta el cementerio. En un claro del monte, en una parcela alambrada y rodeados por una naturaleza inmutable verde y vital yacen esos desconocidos en el reposo de su sueño eterno. Inmediatamente me llama el contraste entre nuestros lúgubremente graves cementerios públicos, especies de entidades colectivas mortuorias en donde se almacenan miles y cientos de miles de cuerpos quizás con la idea de que la aglomeración hace a la compañía. La muerte es para nosotros, los que vivimos debajo del paralelo 32 como inexorable, segadora y ominosa. Un corte abrumador definitivo y trágico. Nosotros “perdemos seres queridos”. Pero en Corrientes la muerte es parte de la vida y fundamentalmente se vive con ella, no excluyéndola sino haciéndola participe de la vida misma. Quizás ellos no lo perciban, pero quien viene de afuera así lo siente, como en mi caso.

En el cementerio del monte, a pesar de ser inalcanzable y discreto, pero no único ni excepcional, las manos anónimas o tal vez las de Vicente y su señora, cuidan de esas breves tumbas con amor. Dan cuenta de ello una flor, una mano de cal, una vela dentro de un tarrito oxidado (para que no la apague el viento y como un presente por el ánima del difunto) y un alambrado compuesto con cientos de retazos añadidos que cierran ese breve espacio y alejan a los animales de las sepulturas.
Esto no es excepcional, es normal. Porque ese mismo amor y cuidado lo he hallado manifestado en todos los sitios que he visto estas tumbas en los campos de Corrientes. Los dueños de las tierras han cambiado una y cien veces, pero los varios dueños de esos campos siempre se empeñan en mantener los sepulcros. Muchos de quienes están en ellos ni siquiera han sido patrones o dueños sino humildes peones, gente que vivió toda su vida en esos lugares y ahora descansan para siempre en su querida tierra correntina.

-Ah esta González- me señala Vicente y finaliza lacónico -Es un buen tipo-

No “era”, sino “es”. Vicente como muchos otros viejos pobladores, mantiene viva la memoria y el inventario de quien es quien en cada sepultura. Es un índice viviente que ha trasmitido su saber a otros y que en cada opinión manifiesta esa cercanía con los difuntos, a los que en realidad nunca han despedido ni olvidado como solemos hacer nosotros en nuestros cementerios anónimos de las ciudades, donde un “Jamas te olvidaremos” es un eufemismo. Ellos no quieren a sus muertos lejos y olvidados, los quieren al costado de sus ranchos o casas compartiendo sus vidas y sin temerles, casi a la vista, pues me ha asegurado Gregorio que no se esmeran por enterrarles muy profundamente. Apenas unos treinta o quizás cuarenta centímetros. Y a veces superpuestos como en una especie de nicho colectivo siendo el mas profundo el que primero ha rumbeado para las regiones del mas allá, aunque en estos últimos casos la profundidad es mucho mayor.

Me preguntaba si no seria considerado irrespetuoso si tomaba algunas imágenes de las tumbas, pero al igual que con Vicente, me lleve una grata sorpresa. No solo esta bien hacerlo sino que inclusive percibí cierto orgullo en esto de escribir y poner las imágenes al alcance del mundo. Pues el respeto aquí en Corrientes no pasa por el temor sino por el recuerdo. Lejos de ser limitado por los lugareños, me debí limitar a mi mismo pues mi primer impulso fue sacar fotografías de todos ellos, tarea sumamente improbable si consideramos los cuatrocientos años de historia correntina. Por ejemplo en el mismo campo de trabajos agrícolas de la Escuela Agrotécnica de Empedrado, una excelente escuela como he visto pocas, distante una decena de kilómetros del pueblo homónimo, existen una media docena de cruces dentro de su predio. Agrupadas en un lado del predio, cuidadas por los alumnos que las desmalezan se hallan imperturbables soportando el paso del tiempo. En una de ellas leo

-”1916... la época de la Ley Saenz Peña, es decir de la primera votación bajo esa ley”- -”Esa es mas antigua aun”- comenta alguien -”Murió a principios de 1900 y tenia sesenta años, así que debe haber vivido Caseros y algunas cuantas batallas mas”-

En estas noches solitarias, lejos de Corrientes y de Silvina, no he dejado de pensar sobre estas y otras cosas, sobre los cuatrocientos años de historia correntina y sobre el monte aparentemente silencioso pero vivo que tanto me ha recordado a mi Fray Bentos natal. Pensaba en el tiempo y en la historia, esas variables tan humanas y que la naturaleza ignora, pues aunque pasen mil años en el monte umbrío pleno de vida no se percibe su discurrir si no es por la presencia humana. Allí esta la clave, sin humanidad no hay tiempo, historia, bondad, maldad y otros tantos conceptos de los que a duras penas nos podemos desprender. En el medio del monte, en ese cementerio olvidado pero mantenido amorosamente, la mano del hombre mantiene a raya a la entropía feraz, pero esas tumbas que pronto serán anónimas y quizás olvidadas marcaran el tiempo y la cronología. Ellos desde su vida pasada nos dicen: “aquí hubo vidas, pasiones, historias, no existe el vació sino el tiempo.”

Ya se han olvidado sus nombres, se han borrado sus rostros pero no se han perdido sus almas pues se han fundido en el seno de su tierra correntina, para siempre, formando esa unidad que tanto han buscado desde la noche de los tiempos los seres humanos con la divinidad.

1- Minimalista: de minimalismo (Calco del ingl. minimal art).1. m. Corriente artística que utiliza elementos mínimos y básicos, como colores puros, formas geométricas simples, tejidos naturales, lenguaje sencillo, etc.
2- Óbito: (Del lat. obitus).1. m. Fallecimiento de una persona
3 -naif: (Del fr. naïf, ingenuo).1. m. Estilo pictórico caracterizado por la deliberada ingenuidad, tanto en la representación de la realidad como en los colores empleados.
4- Milonga del Forastero Jorge Luis Borges, Historia de la Noche.

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Comentarios

  • Laura    

    Edwin, lindo post. Ciertamente dan mas ganas de estar enterrado ahi que bajo las olorosas piedras de la chacarita o ante la mirada chusma de la recoleta...

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  • nestor    

    Gracias por este relato, Edwin. Es excelente.

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  • jhony    

    Edwin en estos cementerios actualmente,la gente que fallece se la sepulta ahi?digo porque no es común que te permitan hacerlo en tu campo, por lo menos en la P. de Bs.As. conozco un caso que un hombre que se suicidó debajo de un gran ombú frente a la casa pricipal, la familia tuvo que hacer malabares, pedir autorización para sepultarlo al lado del árbol hasta que lo logró.Digo esto porque no es común. Yo creía que solo en cementerios municipales.

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  • Edwin    

    En la pcia de Bs As desde fines del siglo XIX las leyes obligan a inhumar en cementerios publicos. Por ejemplo en General Belgrano desde 1885 que existe el cementerio, antes se los enterraban en Capital (llevandolos por tren) o en algun otro cementerio municipal de la zona. El caso de la localidad de Pila es emblematico: como no poseian cementerio propio a los fallecidos se los traia a Belgrano, recien a mediados del s. XX crearon su propio cementerio. <br>Enel caso de Corrientes se puede apreciar que no es asi, aparentemente las leyes no obligan a ello, en ese sentido es mas tradicional que aqui, pues siguen la usanza de epocas antiguas

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  • Io    

    Colorido y harmónicamente pacifico relato. No solo sirve como revalorización de esas costumbres, sino como crítica constructiva del derrotero tomado por €œlos civilizados€œ.
    Simplemente hermoso y propio de tu pluma.

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  • <strong></strong><img src="url imagen aqui"><img src="url imagen aqui">bme parese un poco exagerado<strong></strong>

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